Se acerca el veranito, calor, turistas, campistas, piscina.......ahhh yo, !a trabajar!, mientras los veo como desfilan ante mí, todito morenos ( o como una gamba ) y en plan relax.
Erase que se era una vez, hace "algún tiempo"(bastante) ya, cuando mis hijos rondaban los 6 y dos añitos, que a esta nuestra familia y unos amigos ( también con los suyos ), nos dió por hacer camping.
Bueno antes os contaré que la felíz idea surgió de el verano anterior en el que todos los amigos decidimos irnos a pasar el fín de semana por esos lugares inóspitos (ya verán porqué lo digo), cerca de el río.
Nos juntabamos una "patulea" de gente que dificilmente se podía dominar.......además con niños y todo.
Todos a una nos adentramos por aquellas marañas de carrascas, juncos, piedras ( que teníamos que saltar y algunas escalar), enfín una odisea, el fín de semana comenzaba.
Todo perfecto, no sin tener que solventar picaduras de avispas, tábanos, y demás bichos que por allí rondaban para darnos la bienvenida.
Pero lo peor no había empezado. LLegó el momento demontar las tiendas de campaña para ¿dormir?.
¿He dicho dormir? habrá sido un error. No se a quién la inspiración le jugó una mala pasada yyyy los "tontos" que la aceptamos.
¿A quién se le ocurre montar las tiendas en una ladera cuesta abajo? ! A nosotros!. La infelíz ocurrencia tuvo sus consecuencias. Eramos totalmente inexpertos y los sacos de dormir los olvidamos, así que las mantas hicieron de colchón.
Pasé toda la noche !tienda para arriba tienda para abajo!. Estaba más tiempo hecha un ovillo en la esquina de abajo (porque claro está, la manta se deslizaba).
Al día siguente, me dolía hasta el alma yyy síi aprendí algo.
No volver a poner la tienda !Jamás! inclinada.

Retomando la primera historia, ya estabamos escarmentados.
El grupo de amigos se redujo bastante pero los que quedamos estabamos dispuestos a sacarle el máximo rendimiento a esta nuestra manera de disfrutar de la naturaleza, charlas alrededor de una fogata, y..... de todo lo que viniera de regalo en el lote.
Deseando de que llegara el viernes por la tarde para cargar el Land Rober de mi cuñado ! Hasta los topes! .
Cuando el coche bajaba ahhhhhh teníamos que levantar las manos para que tanto bártulo no nos matara a alguno.
Nos hicimos verdaderos expertos en montar tiendas. Pero lo que mejor recuerdo son las noches.
Encendíamos una fogata y la rodeábamos todos. El agua y el quemar de la leña como ruido de fondo. Ese olor especial de las alamedas.La oscuridad, rota por la luz de el fuego, un cielo lleno de estrellas y a veces la luna de compañera.Aunque esos momentos de tranquilidad duraban muy poco. Eran muchas las anecdotas, chistes y alguno que otro susto los encargados de romperla. Los niños disfrutaban lo inimaginable y nosotros, soñando durante la semana que llegara el viernes para volver.
No descarto hacerlo. Me encantaría.